Responsabilidad de los equipos de salud 

Todos somos responsables

Siempre que existe un recurso útil, probado, para la salud, se plantea la cuestión de la responsabilidad de su obtención o facilitación para los posibles o potenciales beneficiarios. En un panorama organizacional de la salud multifraccionado como el argentino esto es especialmente válido ya que es frecuente que los distintos sistemas busquen evitar ciertos gastos o inversión relacionados con la salud de sus pacientes, desresposabilizándose de intervenciones de salud que se asignan a los otros sistemas.

En relación con el problema VIH-Sida en general, la salud pública nacional, provincial y municipal ha tomado el cargo inicial, desde un punto de vista histórico, y luego a través de sendas leyes nacionales se responsabilizó a los sistemas de medicina prepaga y de obras sociales. Hoy en día ningún sistema, servicio, prestador, o equipo de salud puede soslayar su responsabilidad preventiva y asistencial en relación con el problema VIH-Sida sin arriesgar un juicio por distintas figuras jurídicas.

La cuestión de la responsabilidad aparece más transparente cuando se trata de brindar acceso al tratamiento antirretroviral de una persona que se ha diagnosticado ya, por distintos medios, como VIH positiva. En el terreno de la prevención de la transmisión vertical del VIH, en cambio, esta responsabilidad es más inaparente, oblicua. Ocurre que, en nuestro ámbito y en general, cerca de la mitad de los diagnósticos de infección por VIH materna se da en el embarazo, vale decir que se trata de mujeres que no sabían de su infección, y se les diagnostica la misma a través de una prueba de VIH que se les ofrece y aceptan voluntariamente. Este es el punto de mayor vulnerabilidad de la prevención de la transmisión vertical, y a su vez el de mayor responsabilidad de los directivos y miembros de los sistemas y equipos de salud. En efecto, existe aún una cuestión inercial, sobre todo en los sistemas de salud prepagos, de obras sociales, mutuales, etc., por la cual muchos médicos que realizan control prenatal (generalistas, obstetras, ginecólogos), no se sienten obligados a ofrecer una prueba de VIH a cada embarazada y en cada nuevo embarazo. Es como si se asumiera que es responsabilidad de la embarazada o de un otro impreciso, indefinible, saber o hacer saber a la embarazada de su infección. Nada más errado y peligroso. La embarazada supone que el obstetra o médico que controla su embarazo sabe todo lo que le conviene y se lo va a ofrecer. Dicho repertorio de cosas buenas incluye hoy una prueba de VIH, con su debido asesoramiento previo y posterior, y su consentimiento informado.

¿Una sola prueba de VIH es suficiente? , y... ¿A quién le hacemos la segunda?

Hoy son muchos los avances que se han verificado en la problemática de la transmisión vertical del VIH, y los equipos de salud, correctamente implicados, comienzan a sospechar la infección por VIH o el riesgo de la misma, aún ante pruebas negativas. Se dan así los pedidos de segundas y hasta terceras pruebas de VIH a un misma embarazada, y en ocasiones se hallan nuevas pruebas positivas, significantes de primoinfección por VIH intraembarazo.

Este diagnóstico es siempre útil, pero cabe que nos preguntemos si esa infección que ocurrió ante los ojos del sistema de salud, no era evitable. En efecto, las mujeres embarazadas en nuestro medio se infectan con VIH principalmente por relaciones sexuales habituales (sin preservativos), con sus compañeros habituales, en su medio hogareño habitual. Si se pudiera convocar e incorporar a los compañeros de las embarazadas en la cuestión transmisión vertical del VIH-Sida, y realizarles pruebas de VIH voluntarias, podríamos pensar en crear un tipo de abordaje de prevención primaria de la infección materna por VIH, a través de la responsabilización de las parejas. Esto podría llevar a la identificación de compañeros varones VIH positivos que adecuadamente motivados podrían iniciar el uso regular de preservativos, para así evitar la infección de sus compañeras y con esto toda posibilidad de infección del niño por nacer.

Toda esta propuesta puede parecer un tanto ideal, pero es la nueva propuesta de organismos internacionales y fue siempre a nuestro entender la forma ética de enfocar el problema. Sin dudas, encierra mucha más racionalidad, equidad y justicia que la persecución de las madres con dos o más pruebas para ver si se infectan o no y cuándo.

Un amplio espectro de responsables: médicos en control prenatal, obstetras, neonatólogos, pediatras, enfermeras, bioquímicos,...y la comunidad

Un niño se halla en riesgo de adquirir la infección por VIH por vía vertical desde el día en que es concebido y hasta el último día que mama del pecho materno. A su vez su madre se hallará en riesgo de infectarse ella con el VIH, y entonces luego en riesgo de transmitirlo a su niño, siempre que tenga relaciones sexuales sin preservativos con una persona sin prueba de VIH conocida. Bien mirado entonces el arco temporal y la concatenación posible de las transmisiones, corresponde que nos preguntemos: si a una embarazada se le están pidiendo una, dos y hasta tres pruebas de VIH por embarazo, ¿por qué a la mujer que amamanta (en ocasiones hasta por dos años), no se le solicita ninguna? El problema de la posible transmisión por lactancia en madres primoinfectadas durante el tiempo que dan de mamar está destinado a ser un campo de trabajo preventivo-asistencial futuro insoslayable. Para ello, como ya se dijo, la incorporación de los pediatras resultará crucial, y deberá darse también como respuesta a la evidente responsabilidad que les cabe como los promotores de la salud del niño y de su madre.

La posibilidad de que una mujer embarazada llegue al momento del parto sin habérsele realizado una prueba de VIH, por distintas razones, es siempre real y de hecho ocurre con frecuencia. Ante esta circunstancia se procede a la solicitud de pruebas voluntarias de VIH de metodología rápida, para decidir las actitudes básicas de prevención que se puedan tomar. Todo este escenario difícil, ríspido, es un campo de responsabilidad compartida de todo el equipo de salud perinatal, incluyendo a los obstetras, los neonatólogos, enfermeros, bioquímicos, trabajadores sociales, profesionales de salud mental, etc. De la comunicación y coordinación de sus acciones depende que no queden mujeres sin serología para VIH perinatal.

Por último, es fundamental que entendamos que el reaseguro y la sustentabilidad a largo plazo de las estrategias de prevención de la transmisión vertical del VIH dependerán tanto o más del protagonismo de la comunidad en el tema que de las programaciones del sector salud. Con esto pretendemos señalar que si la comunidad está enterada del problema y de su posible prevención, serán las propias mujeres embarazadas las que les recuerden a sus médicos en control prenatal que les deben pedir la prueba de VIH. Este escenario no se halla ya tan lejano, y es nuestra intención que este material contribuya a su desarrollo.

Dr. Damián Lavarello

 
   
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